Panamá, 15 de julio de 2011 |
Revolcón de los barrios |
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El ex señorito (parte III)
Sospechaban que era bajito de sal, pero el yeyesito Fernandito quedó siendo el azote de las empleadas y las rabiblaquitas.
P asaron varias semanas en las que la mucama Patricia y el hijo de sus patrones, Fernandito, estuvieron practicando todas las posibilidades sexuales. Desde que ella le arrancó la virginidad a los 21 años, lo hacían todos los días en las primeras horas de la mañana. Aunque la empleada era menor que él, ya demostraba destreza e ingenio en las delicadas tareas de dar y recibir placer. Quizás por eso fue que le quedó la sensación de que Fernandito tenía el don de aguantar sus remeneos más de lo normal. Su experiencia en campo y sus lecturas de la columna de Rosa Fogosa, de El Siglo, le habían enseñado que los hombres toman, en promedio, de 5 a 7 minutos para desbordarse, pero el muchacho tiraba y recogía hasta por una hora. Para comprobarlo, una mañana se preparó para anotar la hora exacta en que comenzaban y terminaban. Las piernas de la muchacha quedaron entumecidas después de 47 minutos ininterrumpidos de trote sobre el animalito de su patroncito.
Los sollozos y lamentos de Patricia se confundían con los crujidos de los resortes de la cama. El estruendo parecía no terminar y, en la cocina, la anciana sirvienta Delfina del Monte, tía de Patricia, solo sentía la felicidad de ser testigo de cómo el apartamento entero se estremecía con los azotes que su querido Fernandito le daba a la sobrina. ‘Ese es el nieto de Fernando Guitadelmar Casanova De La Paz III’, decía para ella, recordando sus madrugadas de goce con el difunto patriarca. Cuando ya tenía la garantía de que el ex señorito era un macho machazo, Delfina mandó de vuelta a la sobrina para Río Hato, porque no quería que la atracción se convirtiera en un amor imposible. Fernandito la extrañó durante cinco días, pero al sexto, ya supo que el vacío que sentía no era en el pecho, sino en el bálano. Su experiencia con Patricia había despertado una lascivia voraz, que a él mismo le era desconocida. Como una fiera que ya ha olido sangre, Fernandito andaba al acecho de cualquier presa herida a la que pudiera darle un zarpazo. Comenzó con las empleadas de los vecinos. Cuando veía a unas de las jóvenes sirvientas, que casi siempre andaban con su uniforme, la esperaba en el lobby de su condominio hasta que se metiera sola en el elevador para proponerle ir hasta el piso 14, donde solo estaba el apartamento de su familia. Fernandito aprovechaba el ascenso. Metía mano y se abría la bragueta para que su víctima sintiera la rigidez de su pitufín. La misma habitación en la que perdió su inocencia, a manos de Patricia, la usó para matar sus casos con casi toda la servidumbre femenina del edificio. Pronto, los encumbrados residentes del condominio comenzaron a notar que las empleadas se perdían 30 minutos, una hora y a veces hasta hora y media, y regresaban desencajadas, agotadas y con las más pobres excusas. Así fue como todas quedaron creyendo en la capacidad de resistencia sexual del fulo de ojos verdes. Siguió con las hijas de los ricachones. Las primeras que tumbó, de su clase, fueron Perlita Altanota Ballardo y Ana Victoria Piedra Escondida Lacmar, dos de las yeyesitas más codiciadas de calle Italia de Paitilla. Perlita tenía todo para ser Miss Reef. Era blanca, de cara bonita y cabello azabache, piernas bien torneadas, senos medianos y firmes, y nalguitas como mandadas a hacer en Brasil. Y Ana Victoria era una rubia pequeñita, pero robusta donde tenía que estarlo. Tenía un caminado tan rítmico que sus pompis se movían con la elegancia de un caballo de paso peruano. A ambas, Fernandito se las levantó con la misma promesa, que nunca cumplió, de ser su caballero en el festival de debutantes. Su tercer levante entre las rabis fue Aurita Fontemblú. Fernandito la puso al derecho y al revés con las pirueta sexuales que se le ocurrió durante todo el fin de semana que la tuvo en su casa de Coronado. Cuando las yeyesitas se dieron cuenta de que su adonis era repartido, todo encuentro entre ellas terminaba en malas caras, torcedera de ojos y la eliminación en las lista de contactos de sus Blackberrys de cualquiera que hubiera andado con él. Al cabo de seis meses, la hora de la tarde en que las criadas paseaban a los perros de pedigrí en el parque de Paitilla se iba solo en comentarios sobre las andanzas de Fernandito. Ahora, el cotilleo era ¿cómo te puso?, ¿cuánto tiempo duró el lamento?, ¿dónde lo hicieron?... Ya nadie ni siquiera pensaba en la posibilidad de que fuera ñaño, ni nunca más se recordaron los viejos vacilones sobre el minúsculo miembro del pela’o más deseado del barrio. Los viejos rabiblancos que antes decían ‘cua cua’ para referirse a él, ahora se encorajinaban cuando a sus oídos llegaba la insinuación de que sus hijas habían pasado por las entrepiernas de Fernandito. La fama de perro del V de los Gitadelmar Casanova De la Paz trascendió las fronteras de su barrio. Hasta por Marbella y Punta Pacífica se escuchaba hablar, ya en tono de mito, del irresistible fulazo que se montaba a la chica que quisiera. Con cada cuento, Delfina del Monte, la anciana sirvienta, se sentía más satisfecha de su casi nieto y se relamía de orgullo, solo para sí, de haber tenido éxito en su plan que despertó la virilidad de su mimado Fernandito. Publicidad
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