Panamá, 11 de enero de 2012 |
Revolcón de los barrios |
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El trasquilado
Teresín, el recién casado, se apasionó tanto con otra mujer, que cuando esta lo rechazó y se casó con un vétero, él armó un plan para someterla. Ante el fracaso de este, no soportó la burla de sus amigos y los enfrentó a botellazos
Marilín era tan sensual que hasta con faldas y trajes a media pierna y blusas holgadas dejaba un reguero de suspiros y de comentarios cada vez que caminaba por las calles del vecindario. Desde su llegada a la comunidad fue víctima de apuestas, sobre todo de los casados, quienes creyeron que sería fácil tumbarla. Conforme pasaron los días, creció el interés de los parroquianos por Marilín, sobre todo porque ella no le había parado bola a ninguno, pues sus principios morales eran tan firmes como su trasero y su busto, de manera que no le interesaban los caballeros ajenos. Cuando empezó a rumorarse que andaba en amores con Gilberto, el jubilado, muchos exteriorizaron su disgusto, pero fue Teresín, el recién casado, quien dejó salir todo el veneno de su despecho y comentaba a bocajarro: ‘A ese antes de un mes le ponen cachitos’, ‘Ese el futuro rey cachudo’,‘Ese ya no sube la loma’. A pesar de todo el disgusto de Teresín, el enamoramiento entre Marilín, la guapa curvilínea de 24 años, y Gilberto, de 62 años y seis meses, iba viento en popa con miras a una pronta boda. ‘Por el sol que alumbra todos los días les prometo que esa boda no se realizará’, juró Teresín ante sus amigos. Pero a los días, la vida le calló la boca, porque con una fiesta suntuosa, Marilín y Gilberto dijeron sí en el altar, ante todo el pueblo que se reunió para agasajarlos y desearles suerte pese a la diferencia de edad. Y no solo tuvo que aguantarse la rumba de la boda, también tuvo que ’tolerar’ los comentarios que surgieron tras la boda de Marilín, quien durante varios días caminaba renqueada, supuestamente, por el ‘empuje y vigor íntimo’ del jubilado, que aún le metía susto a cualquiera. Una tarde, cuando Marilín llegó a la tienda a comprar un maíz, alguien le preguntó por don Gilberto, y ella amablemente contestó ‘Mi marido está bien, mañana quiere desayunar tortillas’. Fue como pisarle los callos del pies izquierdo a Teresín, quien enseguida se llenó de ira y vaticinó que antes de tres meses Marilín le podría tremendos cuernos al babieco que tenía por marido, ‘o me dejo de llamar Teresín’, repetía para que todos oyeran. Pero vinieron los tres meses y el vaticinio no se cumplía, por lo que Teresín, desesperado porque Marilín parecía muy feliz con su viejo, tomó la decisión de ir hasta su casa, darle una guantera al vétero hasta ponerlo fuera de combate y luego seducir a la hermosa mujer. Tocó la puerta con rabia, varias veces, pensando en que por el susto o el disgusto al viejo le daría un infarto, pero Gilberto abrió la puerta encorajinado y fue en ese momento, cuando lo tuvo al frente, que Teresín descubrió que el viejo era mucho más alto que él. ¿Cuál es la vaina?, le dijo Gilberto. ’¿A quién o qué busca?, añadió sin dejar de mirarlo de frente y sin miedo. ‘No nada, no busco nada, es que me equivoqué de casa’, contestó cabizbajo y salió de la casa ajena. Mientras caminaba, sentía que la rabia le iba a hacer sangrar el pecho, y quiso el infortunio que se encontrara con unos conocidos que pinteaban debajo de un frondoso mango: ‘Y cómo van los cachos de don Gilberto’, le preguntaron varios y soltaron una carcajada estruendosa. Teresín sintió que le pisaban los callos del pie derecho, cogió una botella de cerveza y arremetió contra uno de ellos, que no pudo defenderse, pero sí los otros que salieron a defender al caído. Y lo hicieron con tanta saña que unos vaqueros que por ahí pasaban abandonaron las vacas para rescatarlo y llevarlo a un centro médico, adonde le prohibieron llegar a su mujer, pues esta ha jurado rematarlo en cuanto lo vea. Publicidad
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