Panamá, 7 de marzo de 2012 |
Revolcón de los barrios |
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La quema de Domingo
La mala costumbre de quemar a toda hora enfrentó a los vecinos. El saldo fue un diente partido, una manguereada y dos multados
Doña Eladia era capaz de enfrentarse con el mismo Satanás si este osaba hacerle una ofensa a Abelito, su primer nieto, hijo de su primogénito Abel. Una de ‘sus armas de batalla’ usadas desde que emigró de su natal Veraguas, cincuenta años atrás, era no dejarse joder de nadie, mucho menos de un hombre, suficiente fue lo que le hizo su primer y único amor, que la dejó a quince días de la fecha de la boda anunciada para las fiestas del santo patrono. Se largó con la maestra del pueblo dejándola brutalmente herida y avergonzada. Fue en ese momento que empezó a odiar a todos las docentes. Esa mañana tendía la ropita de Abelito mientras canturreaba de pura felicidad y abuelazón. Había gastado la mitad del agua destinada para el sector enjuagando la ropa del bebé, pues el día anterior le vio una ronchita y eso era motivo de alarma para ella, quien creyó que no le había sacado bien el jabón. Terminó de tender la ropa y miró el sol, que radiante dejaba caer sus rayos sobre los pañales de Abelito. Con esta brisa veraniega y el calor del solecito pronto se seca la ropita de Abelito, pensó y entró a la vivienda a mirar cómo respiraba el niño, que dormía a pierna suelta. Todo estaba bien, por lo que se sentó a mirar la televisión, sin oírla, para que nada perturbara el sueño del primer nieto. Un olor a humo percibió su nariz aguileña. Aspiró profundamente para estar segura. Era eso. Alguien estaba quemando basura muy cerca de su casa. No lo pensó más y salió dispuesta a enfrentar al autor de la humareda, cuyo ácido olor se impregnaba en la ropa recién tendida, la ropita del bebé. Solo tuvo que mirar para darse cuenta de que era Domingo, el vecino, otro jubilado igual que ella, quien quemaba un montón de hojas secas y verdes. Armada con una tabla de lavar, le gritó ‘hasta cuándo coño vas a estar quemando a toda hora, apaga esa vaina o te llamo a la Policía’. Pero el viejo siguió con su escobillón echándole más hojas al fuego, con una sonrisa burlona e indiferente a los insultos de doña Eladia, quien viendo que no iba a apagar el fuego se le abalanzó y le pegó con la tabla en pleno rostro, con tanto tino que le astilló un diente frontal. El repentino ataque descontroló a Domingo, lo que aprovechó Eladia para conectar una manguera y empezó a tirarle agua a la hoguera que alimentada por la brisa se había extendido más. Fue cuando apareció la mujer de Domingo, una maestra jubilada, dispuesta a cobrarse el diente partido de su marido, y en ese momento a Eladia se le revolvió el odio de antaño y empezó ‘carnavalear’ a la mujer, que daba gritos tan sonoros que acudieron los vecinos, quienes, a viva fuerza, le quitaron la manguera a Eladia. La Policía, llamada por Domingo, llegó justo cuando había muchos en el sitio del fuego. Domingo acusó a Eladia de haberle roto su diente y manguerear a su mujer y su casa, pero ella y los vecinos lo acusaron de quemar todos los días, a cualquier hora, de manera que ambos fueron conducidos a la corregiduría, donde Domingo juró desconocer que la ley prohíbe ese tipo de quemas. Pero la corregidora, que sabía que en la comunidad justo el día anterior habían repartido volantes anunciando que las quemas estaban prohibidas, no le creyó y le impuso la multa, para que nunca más vuelva a prender hojas verdes, cuyo humo pone hedionda la ropa de Abelito. Publicidad
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