Panamá, 4 de abril de 2012 |
Revolcón de los barrios |
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Solo ayuno y penitencia
Marvin contravino la fe e hizo un bingo en Miércoles Santo. Llegó un jugador raro y desconocido que aprovechó un temblor para huir con la plata de todos
M arvin aún no tenía 30 años, pero sí tantos problemas como un hombre de 60, todos derivados de la mala administración de sus emociones, que se complicaban y ponían blandengues apenas veían una cara bonita y un cuerpo tipo ocho. Por esa razón siempre andaba corto, sus dos amores, la esposa, Yeni, y la amante, Katy, lo hacían morir cada día tratando de cuadrar las finanzas. Se decía por allí que Marvin era el único feliz por la iniciativa del jefe de asignarles uniforme, pues así nadie se percataba de que su guardarropa estaba en extrema pobreza: tres suéteres y dos pantalones, viejos y comprados en un baratillo de un almacén que ya no existe, eran su única indumentaria, pero aún así, a Marvin ninguna le había dicho que no.
Él decía que su suerte con las mujeres se debía a su venita africana, que lo dotó bien, y a su lejana arteria camboyana, de la que heredó la habilidad para saber los cómo, cuándo y dónde del cuerpo femenino. Pero la felicidad de Marvin se agrió cuando recibió un mensaje de Katy, quien solicitaba dinero para irse al interior, donde, según ella, sí se vive de verdad la Semana Santa. ‘Tú acá con tu ’verdadera familia’ y yo allá con la mía, que nunca me abandona’. Fue suficiente para ablandarle el ánimo y ya no pensó en otra cosa que en conseguir los panchos para alegrar a la ardiente Katy. Por eso inventó un bingo en pleno Miércoles Santo. Su abuelita, Mamavieja, lo previno diciéndole: En la Semana Santa todo debe ser ayuno y penitencia, nada de música que invite a la lujuria ni juegos de barajas ni de bingo. Pero Marvin no la oyó y madrugó a preparar el saus y otras viandas que acomodó sobre una mesa en el patio de su casa. Fue un vecino sin oficio el que le sugirió que vendiera pintas, que esas sí dejan ganancia. La idea fue muy aplaudida por otros parroquianos, de manera que a las 3:00 p. m. ya había varios borrachos tirando pasos torpes, unos, hablando de política, religión y de mujeres bonitas mientras jugaban bingo, el resto. Uno inventó jugar a dólar el cartón y los demás lo secundaron coreando bingo a dólar, a dólar, rua, rua. El entusiasmo atrajo a Mamavieja, quien armó un berrinche, pero nadie le hizo caso. Subieron el volumen de la música y empezó el bingo a dólar, en el que a los gritos de ’tírame la estaca’, ’sácame las tetas de María’ y otros se unían interjecciones y pedidos de pintas que erizaban de miedo a Mamavieja, la que con rosario en mano pedía que se largaran, que estaban ofendiendo al Crucificado. Luego de una hora de gritería de los jugadores ebrios y de la viejecita pidiendo silencio llegó un jugador desconocido que al cabo de dos horas ya había dejado sin capital al resto de los jugadores. Movía los cartones de bingo haciendo un ruido tan extraño que Mamavieja lo miró con temor: Lárguese de mi casa ya o llamo a la Policía, le dijo y le arrebató las tarjetas. El desconocido se puso de pie y sonrió mostrando una boca carente de dientes. ‘Yo me voy cuando me dé la gana y ...’ no pudo terminar porque un fuerte temblor movió mesas y lanzó botellas al piso. Y no se habían repuesto del susto cuando una réplica mucho más fuerte los impulsó a salir atropelladamente. Fue cuando se calmó la Tierra que se dieron cuenta de que nadie conocía al jugador y nadie vio qué rumbo tomó. El susto les devolvió la sobriedad a los jugadores, quienes, junto a Marvin, descubrieron que sus carteras y el dinero del bingo y de las ventas había desaparecido. ¿Te das cuenta de que esta es una semana de ayuno y penitencia?, le dijo Mamavieja a Marvin, quien solo atinó a bajar la cabeza. Publicidad
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