Panamá, 6 de septiembre de 2012
Revolcón de los barrios
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Productos milagrosos


El juegavivo de Dianeth causó una riña entre los compañeros de trabajo, quienes se negaron a comprar las pócimas curalotodo. La acción dejó varios rostros rasguñados y muchas pailas volteadas

06/09/2012 — A pesar de que la platita de la quincena ya era un recuerdo lejano, y de que casi todos andaban penando para resistir hasta el nuevo pago, a Dianeth, la mandamás de la oficina, se le ocurrió llevar a su nuera a ofrecer unos productos que, según ella, curaban todos los males que aquejan a la humanidad, ‘incluso sirven para bajar esas desagradables libras de más, si es su caso, y también para ganar masa muscular, o sea, para engordar, si está usted preocupado porque las damas lo rechacen por su anatomía escuálida’, decía Itzarilys, la mujer del primogénito de Dianeth.

‘Yo no creo en esos productos porque apenas los dejas de tomar te inflas como una vaca’, dijo Alicia en voz alta. Dianeth la miró con odio y aporreó el escritorio en señal de cállate la boca o te ubico, pero la otra no se dejó intimidar y se le acercó desafiante ripostando: ‘Esa es la verdad, esos productos son puro cuento, si no es así, por qué tú estás que pareces la gemela de la One-Two’.

Dianeth, que a diario congueaba con rifas de perfumes y de cremas de cuerpo a sus compañeros, iba a meterle un puñete a la atrevida, pero su nuera intervino porque vio a varios clientes potenciales, a quienes se les acercó para explicarles más acerca de los milagrosos.

Los interesados eran los de carácter más débil, aquellos que le tenían miedo a Dianeth y preferían comprar algo para no contrariarla. Itzarilys les mostró una serie de productos enfatizando en los supuestos beneficios, lo que emocionó a Beatriz, quien recordó que su marido casi la estaba dejando por una más delgada. También se entusiasmaron Olga, Rosita y Ernesto, a quien la vendedora le dijo que uno de los jarabes había transformado la virilidad de un sesentón, que tuvo que salir a buscar ayuda en la calle porque la de la casa no se daba abasto.

Y hasta ahí todo iba bien, Dianeth sonreía pensando en que su nuera haría japái con la venta, pero cuando esta dijo el precio de cada fármaco, los compradores dieron el grito al cielo y dijeron que no querían nada.

‘¿¿¿Cómo que no, creen que mi yerna vino a gastar saliva por gusto???’, gritó Dianeth y fue sacando los productos de la bolsa y entregándoselos a los compañeros, que se negaban a recibirlos.

Y a viva fuerza, y con ademanes groseros, Dianeth, la eterna juegavivo, intentaba abrirles las manos para meterles el producto, pero como la gente no quería comprometer más su chequecito ya flaco, se resistía con vigor, por lo que la mandamás se enfureció y empezó a llenar las facturas de cobro. Fue cuando intervino Alicia y empujó a Dianeth diciéndole: ‘No se te ocurra obligarlos a comprarte vainas o te acuso con el gerente, acuérdate de que las ventas están prohibidas aquí’.

Una bofetada sonora fue la respuesta de Dianeth, quien no pudo evitar la lluvia de puñetes sólidos que le regaló Alicia, experta en tirar la mano con las muchas que en 20 años habían tratado de bajarle el marido. Se fueron al piso formando un embolille al que se unieron otros, todos en defensa de Alicia. Al ver el revolcón en el que apambinchaban a su suegra, Itzarilys sacó una lima de uñas y empezó a repartir limazos. Tuvo que venir el gerente a poner orden y a levantar a las dos mujeres sangrantes y desgreñadas, pero sin dar el brazo a torcer. Y conforme fue levantando a las autoras de la riña fue dictándole a la secretaria los nombres de los despedidos: Dianeth encabezaba la lista, seguida de Alicia.

‘¡Y decomise la cajeta de los productos milagrosos, de aquí no sacan una vaina de esas!’.

 
 
 
 
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