Unos de los casos más evidentes de la crisis en el sistema penitenciario se observa en la provincia de Chiriquí. La cárcel de David no tienen las condiciones mínimas para albergar a seres humanos y, para rematar, mantienen a mil detenidos en una estructura física que se habilitó para 300 presos.
El hacinamiento, no solo en David, sino también en distintos centros penitenciarios del país, nos muestra que aún poseemos sistemas de jurisdicción penal con normas legales que son desfasadas, que premia a los funcionarios que mantienen enjaulados a seres humanos inocentes, hasta que se compruebe lo contrario.
Aún peor es la situación en las cárceles de la provincia de Panamá, La Joya y La Joyita. Si nos detenemos a analizar los problemas del sistema carcelario en todas las regiones del país, imperan situaciones deprimentes. Entre los barrotes sigue rigiendo la ley del terror, en donde el más fuerte es el que sobrevive. Hhay cero políticas de resocialización.
En pleno siglo 21 hay celdas de tortura, pero no aislamientos preventivos dirigidos a personas que puedan causar daño social u otras amenazas como el maltrato reiterado, violencia doméstica, porque en verdad muchas carecen de módulos diferenciados y dentro de ellas impera solamente el terror.
Visto así, en nuestro país el tema penitenciario es una institución burocratizada, que necesita planeación y presupuesto.