Entre los cuentos narrados por José Gabino Rivera L. se destaca un “Profano en el Cementerio”, donde hace gala de suspenso y dominio del lenguaje vernacular de nuestras campiñas.
“Dicen que una vez se encontraba en el cementerio del pueblo un grupo de campesinos haciendo una sepultura para enterrar a un señor que murió de manera natural; era un señor “viejito” y pobrecito. Varios dijeron que ya estaba de quitar, por eso no se escucharon llantos ni lamentos y en el velorio de cuerpo presente solo rezaron un rosario; hasta dicen que el rezador no rezó la parte que dice: “Rezamos este rosario por el alma del difunto y pedirle al Señor que si en alguna pena estuviere, que se sirva de cogerlo por la mano derecha y llevarlo al refresco de la Gloria Eterna”. Amén. Según la opinión de los asistentes, el alma del difunto fue rumbo al purgatorio, ese cuerpo había que entregárselo a la tierra ya. Por eso, el entierro fue ligerito.
Así se encontraban afanados en el cementerio entre conjunturas y comentarios cuando se presentó un hombre alto, fornido, bien vestido, montando un potro azulejo patiblanco de muy buenos andares. Se apeó de su caballo y se acercó a ellos con una botella de seco ordinario en las manos.
- Buenos días señores. - Buenos días señor. La respuesta fue en coro, pero expresiva. Con una mirada larga y turbia por los efectos del licor recorrió el cementerio y finalmente habló: - Allí en aquella esquina están papá y mamá enterrados cerca uno del otro, pero hoy no puedo visitarlos porque ando apurado.
Supe en la cantina que ustedes estaban aquí y quise distraerles un trago. La botella pasó de mano en mano, la ronda fue completa y cuando volvió a sus manos se empinó un trago grande, trepó un pie sobre el ataúd y les dijo: Vengo a invitarlos a mi junta de cortar arroz, habrá mucha chicha de la buena. Hubo una pausa. En ese momento, el sepulturero sacó envuelta en una palada de tierra un calavera casi completa. De inmediato los campesinos se quitaron el sombrero y se santiguaron en forma reverente. El visitante se acercó a la calavera, le pegó una patada y le dijo: - Tu también vai a la junta “Ñato pendejo” pa’ que tome chicha fuerte y comai buena comida a lo mejol te muriste de jambre. Los campesinos se volvieron a santiguar. El borracho montó su caballo y se retiró diciendo palabras vulgares acompañadas de carcajada que se escuchaban desde lejos.
“Con los muertos no se juega”, expresó uno de los más viejos del grupo.
Allá en el otro extremo lejano del arrozal, pegado a la montaña apareció un hombre alto, flaco y amarillo con ojos muy hondos, dentadura grande y brillante, tenía un sombrero hundido en la ceja y cortaba mucho arroz y le solicitó al dueño de la junta que le pagara el peón mañana. “Mi trabajo será en la Iglesia del pueblo a las doce de la noche, no falte lo estaré esperando”.
Al presentarse, a las doce, le dice el extraño hombre: - Destape esta bandeja.
Y al destaparla se le apareció un calavera sangrante que le habló enseguida:
- Mire señor, Ud. me pateó en el cementerio y ahora pagará su culpa.
El hombre huyo, se cayó, se levantó, gritó y rezó. Cuando se sintió perdido se abrazó con desesperación al púlpito y allí lo encontró muerto el sacristán al día siguiente cuando abrió la iglesia para la primera misa dominguera.
Los campesinos estaban seguros de que era un castigo de Dios por profanar a los muertos.
Nadie se atrevía a enterrarlo ni nadie podía explicar el motivo de la tragedia. Solo los campesinos que enterraron al “viejito” estaban seguros de que era un castigo de Dios por profanar a los muertos.